Ante un fenómeno tan complejo como el de la homosexualidad humana, surgen numerosas interrogantes que la ciencia ha tratado de responder. La primera, dice relación sobre la frecuencia de la homosexualidad en la población general. De acuerdo a los estudios de Wellings (1994) y al de Narring (2003), las personas homosexuales en la población no alcanzan más allá del 2-4%. Ciertas organizaciones pro-gay plantean una frecuencia de hasta el 10%, cifra que proviene del estudio de Kinsey en 1948, que presentaba numerosos errores metodológicos.
Una segunda interrogante, se refiere a si la homosexualidad es una condición innata con sustrato biológico. A mediados de la década de los 60 se buscó alguna alteración hormonal o bioquímica en personas homosexuales, sin encontrar diferencias respecto de los heterosexuales (Perloff 1965).
En 1991 LeVay publicó en la revista Science un estudio que revelaba que las personas homosexuales poseían un núcleo cerebral de menor tamaño que los heterosexuales. Sin embargo, dicho estudio contaba con una muestra pequeña y la mayoría de los individuos examinados estaban infectados con VIH, por lo que no se puede concluir si la alteración fue debido a la infección o por la orientación homosexual del individuo. Otros estudios han buscado reproducir los resultados de LeVay sin éxito (Bayne 1993, 1994).
Dos años después de LeVay, la misma revista Science publicó otro artículo en que se anunciaba el descubrimiento del gen de la homosexualidad. Su autor, Dean Hamer, fue posteriormente procesado por la Federal Office of Research Integrity por manipulación fraudulenta de los datos del estudio. La contraprueba no arrojó los resultados obtenidos por Hamer (Ebers 1995).
Algunos grupos continuaron postulando un rol de la genética en la etiología de las conductas homosexuales a raíz de un estudio de 1952 que observaba mayor frecuencia de conductas homosexuales entre gemelos idénticos respecto a no-idénticos. Pero otros estudios posteriores demostraron que no había diferencia entre idénticos y no-idénticos, es más, niños adoptados en familias con hijos gemelos homosexuales tienden a presentar conductas homosexuales también, lo que sugiere un preponderante rol del ambiente por sobre una “causalidad genética” (Baron 1995).
Una tercera interrogante plantea la posibilidad de cambio de la orientación homosexual a heterosexual. Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, fue uno de los primeros en postular que esto es posible, siendo confirmado posteriormente por sus discípulos: Anna Freud, Adler, Stekel, etc. En la actualidad, Gerard van den Aardweg psicólogo holandés especialista en psicoterapia de la homosexualidad, quien visitó Chile a fines de septiembre del 2005, afirma que el cambio de conducta se obtiene en aproximadamente el 50% de los tratados. Robert Spitzer, psiquiatra norteamericano que en la década de los 70 se manifestaba pro-gay y afirmaba que el cambio era imposible, publicó el 2003 un estudio sobre los efectos de la psicoterapia para cambiar la orientación sexual, en el cual el 17% de los hombres y el 54% de las mujeres lograba una atracción heterosexual exclusiva post psicoterapia. A raíz de estos resultados, Spitzer es ahora un férreo defensor del cambio. Quienes no creen en esta eficacia, han citado un artículo publicado este año en la revista British Medical Journal, que cuenta con pocos casos tratados, y que en su mayoría son personas que se sometieron a tratamientos aversivos con corriente eléctrica (“electro shock”) y hormonas femeninas en la década de los 60. Estos métodos no se relacionan para nada con las psicoterapias que han demostrado su efectividad como el psicoanálisis, terapias psicodinámicas y gestálticas.
Podemos concluir, que no existen argumentos científicos que demuestren una condición innata de la homosexualidad (neurológica, endocrina o genética); más bien se trataría de personas susceptibles en su personalidad, que bajo una determinada influencia ambiental expresarían una orientación homosexual en la adultez, la cual puede ser parcial o completamente reversible en muchos casos.
Dr. Fco. Javier Bustamante Volpi